SIBILAS: Las profetisas prohibidas por Roma.

La feroz represión a que fueron sometidas sibilas y profetisas por los políticos romanos forma parte de la historia ignorada. La capacidad femenina de caer en trance y dialogar con los dioses fue temida por los dirigentes políticos. Impotentes para utilizarla en su propio beneficio, optaron por perseguirla y oponerla a la adivinación oficial de los sacerdotes versados en interpretar todo tipo de signos.

Corría el año 390 a. C. cuando Roma cayó en poder de los galos. El asedio al Capitolio, donde parte de la población se había refugiado, fue tan silencioso que ni siquiera los perros despertaron. Sólo las ocas consagradas a la diosa Juno, que se habían salvado del sacrificio a pesar de la hambruna romana, evitaron la masacre al dar la alarma. Según Plutarco, a través de sus graznidos la diosa alertó a los romanos. En memoria de este episodio la ciudad instauró una fiesta en honor de estas aves. Cada 3 de agosto, las ocas engalanadas de oro y púrpura se convertían en objeto de veneración, mientras los pobres perros eran crucificados.

Que las ocas fueran capaces de predecir una amenaza inminente no era extraño para los romanos. Al igual que los etruscos, estuvieron siempre dispuestos a admitir la posibilidad de vaticinar el futuro interpretando signos visibles: el vuelo o comportamiento de los pájaros; las entrañas de animales, o de mujeres, fetos y niños; los mensajes de los sueños, o la lectura de los Libros Sibilinos. Sin embargo, consideraban un fraude la adivinación extática o natural y la prohibieron en todas sus manifestaciones con leyes rigurosas.

Las prácticas oraculares o los sueños premonitorios eran un tipo de adivinación propio y casi exclusivo de las mujeres. Durante el trance profético se dejaban oír las voces sobrenaturales de las diosas y dioses. La adivinación oficial tenía carácter inductivo y era practicada únicamente por hombres racionales y sobrios. El Estado romano persiguió toda forma de adivinación que no fuera realizada por el colegio sacerdotal de los augures, una de cuyas labores era interpretar los célebres Libros Sibilinos. Y es que cualquier persona poseída por un espíritu divino y que asegurara hablar por boca de un dios, podía transformarse en un instrumento temible, sobre todo si realizaba vaticinios sobre el futuro que afectaran a Roma.

Defensa del frenesí profético

Poco sabíamos de esta guerra de sexos entre adivinos, motivada probablemente en sus raíces por el temor ancestral a la Diosa que reinó en todo el Mediterráneo, hasta que los guerreros comenzaron a usurpar el poder y desplazaron al matriarcado. Pero desde hace unos años, y gracias a Santiago Montero Herrero, profesor de Historia de las Religiones de la Universidad Complutense de Madrid y a su libro Diosas y Adivinas (Ed. Trotta, 1994), hemos podido conocer un sinfín de fuentes clásicas que recogen esta persecución en la sombra a la que diosas, las mujeres y las adivinas fueron sometidas. Una «caza de brujas» que condenó a los antiguos oráculos a un olvido pertinaz.

Desde la más remota antigüedad se creía en la posibilidad de reconocer las fuerzas que rigen la existencia del hombre en los fenómenos de la naturaleza. El rumor del viento, el movimiento de las hojas del bosque, el crepitar del fuego o el borboteo de las fuentes, podían transmitir presagios. Pero dada la dificultad de interpretar estas voces naturales surgieron personas, sobre todo mujeres sensitivas que interpretaban directamente el mensaje de los dioses en estado de trance.

Las divinidades orientales y griegas revelaban su voluntad a través del delirio autoinducido de mediadores humanos. Los fieles de la diosa capadocia Mâ-Bellona, por ejemplo, llegaban al éxtasis profético mediante la danza y la música, pero sobre todo autoinfligiéndose heridas. En Siria, los seguidores de Atargatis realizaban contorsiones lúbricas con su cuerpo o moviendo en círculo la cabeza, con sus cabellos sueltos, hasta ser poseídos por la diosa.

También en trance se expresaba la Pitia de Delfos. Lucano y Plutarco la describieron totalmente fuera de sí, presa de convulsiones horrendas, pero la opinión general es que era fruto del pavor que la civilización romana sintió hacia la «locura divina», pues otros autores helenos, como Platón, hablaron de un estado de posesión controlado durante sus sesiones oraculares. Sin necesidad de los supuestos poderes alucinógenos del laurel o los vapores exhalados por hipotéticas grietas, según las últimas investigaciones han demostrado, la Pitia se ausentaba de su cuerpo y mente para ser poseída por el dios Apolo que, a través de ella, predecía el futuro y decía qué hacer a la sociedad en general o a los individuos.

En el siglo V a. C., Platón hablaba de la «locura extática» de estas mujeres por boca de Sócrates, al que atribuyó la siguiente frase: «los bienes mayores se nos originan por locura… la profetisa de Delfos y sacerdotisas de Dodona han dado a Grecia muchos más beneficios que el estado de cordura». Y es que si bien Esquilo, Eurípides y Tucídides, e incluso Heráclito, acusaron al Oráculo de Delfos de fraude, Platón fue un defensor a ultranza de la existencia de cierta comunicación entre dioses y humanos –una idea que aparece con frecuencia en Homero y en Hesíodo– y clasificó esta locura en «profética», «ritual», «poética» (inspirada por las Musas), y «erótica» (insuflada por Afrodita y Eros).

Pero estas teorías no calaron nunca entre los romanos, que desmintieron la posibilidad de un diálogo con los dioses y atribuyeron este fenómeno a la imaginación del pueblo. Temerosos del papel preponderante que las profetisas griegas tuvieron en la política helena, arrinconaron sistemáticamente todo cuanto oliera a un descontrol extático protagonizado por mujeres.

Diosas bajadas de su pedestal

Desde que Roma fue fundada se inició una guerra sin cuartel, primero contra las diosas arcaicas que osaban rebelarse y luego contra las mujeres que se atrevían a asegurar que las diosas hablaban por su boca. Las primeras en caer fueron divinidades como Carmenta, las Parcas, Fauna o las ninfas. Todas ellas ayudaban en los partos y vaticinaban el destino de los recién nacidos. Los presagios de Carmenta solían hacerse en frases rimadas o cantadas, que acabaron por imprimir su sello a las fórmulas mágicas y hechizos de finales de la República romana. Las Carmentalias, fiestas celebradas en honor de esta diosa, que se celebraban entre los días 11 y 15 de enero, fueron abolidas. En toda la literatura posterior, como los Fastos de Ovidio o la obra de Estrabón, esta diosa capaz de augurar a alguien su futura entronización aparece como una mortal o una ninfa. Plutarco llega al extremo de afirmar que Carmenta significa carens mens («carente de mente»).

Fauna corrió su misma suerte. Después de ser castigada por su esposo por haber bebido a escondidas, algo que la ley romana prohibía a las mujeres, perdió la categoría deidad y fue reconvertida en la primera reina del Lacio. Las tres Parcas, una de las cuales era la célebre Maurtia que predecía el destino, sólo ocuparon su lugar en el Foro tras ser desposeídas de sus dotes proféticas y reconvertidas en diosas que, en lugar de predecir, controlaban la suerte que los hombres correrían. En cuanto a la ninfa Egeria, que en el siglo VI a.C. había dictado al legendario rey Numa su política religiosa, también fue rebajada a la categoría de simple mortal. Otras ninfas, seres de larga vida que facilitaban la comunicación con el mundo subterráneo, fueron humilladas reiteradamente. Baste como ejemplo la leyenda narrada por Ovidio de la parlanchina Lara. Por revelar a Juno una infidelidad de Júpiter, el dios le arrancó la lengua y ordenó a Mercurio conducirla a la infernal laguna Estigia. Dado que era muda, Mercurio aprovechó el viaje para violarla. Finalmente, el contacto con las ninfas fue juzgado en Roma como un signo de trastorno mental y tanto los dementes como las personas con una sexualidad considerada «desviada» en aquella cultura eran calificadas peyorativamente nympholeptoi, una expresión descalificadora que, significativamente, persistió hasta nuestros días en términos como «ninfomanía».

Otras divinidades desposeídas de su cometido oracular antes de ser admitidas en el panteón romano fueron Juno y Fortuna. De la primera se cuenta que un cuervo se posó en la cabeza de una de sus estatuas para anunciar al general Máximo Valerio su victoria contra un galo. Y de la segunda que protegió a Servio Tulo, cuya proclamación como rey fue consecuencia directa de un oráculo de la diosa.

Ambas tenían enclaves donde se practicaba la adivinación por suertes. Juno en Lanuvio, donde una serpiente sagrada que habitaba en un pozo vaticinaba la virginidad de las jóvenes: si lo eran aceptaba la comida y, si no, la rechazaba. La segunda en Praneste, tan célebre como Delfos, donde un niño o niña extraía las «suertes» –papeles con respuestas– de un pozo. Se decía que la inspiración de Fortuna guiaba las manos de los niños. Pero Roma siempre desconfió de este Santuario y del tipo de adivinación que se practicaba en él. «¿Qué es la suerte? En ella todo se hace por casualidad y nada por la razón ¿Qué magistrado ni que varón ilustre recurre a ella?», se preguntaba Cicerón.

El Senado temía que estos oráculos fueran puestos al servicio de una peligrosa política anti-romana, y no sin razón. Durante la primera guerra púnica, en el año 241 a. C., el cónsul Lutacio Cerco recibió la prohibición expresa de consultar las «sortes» de Praeneste, pues eran «auspicios extranjeros».

El desprecio de los romanos por las prácticas adivinatorias femeninas es patente en la conducta que tuvieron ante los Libros sibilinos y las sibilas. Si bien en principio se las consideraba bellas y jóvenes, hacia el año 60 a. C. ya estaba muy arraigada la idea de que eran ancianas horrendas que habían obtenido su don de Apolo. A cambio de sus favores sexuales, el dios les habría concedido una vida larga, pero sin conservar su juventud.

Señales de los dioses

Es probable que fuera la Sibila de Cumas la que vendió al último de los monarcas etruscos, Tarquinio Soberbio, los Libros Sibilinos. Se dice que inicialmente le ofreció nueve colecciones de oráculos, pero el rey rechazó la oferta por su precio excesivo. Con cada negativa, la Sibila quemaba tres libros. Al fin, Tarquinio compró los tres últimos por la suma inicial. Tras la transacción, la anciana desapareció para siempre. La colección, depositada en el templo de Júpiter Capitolino, fue abierta hasta cincuenta veces durante la República (496-100 a. C.). Sin embargo, sólo profetizaban en contadas ocasiones. Sobre todo daban recomendaciones sobre qué ritual, sacrificio, expiación o importación de un nuevo culto debía realizarse en situaciones de calamidades, guerras, epidemias, etc. Eso sí, aunque habían sido escritos en estado de trance por las sibilas, eran interpretados por sacerdotes.

Durante la segunda guerra púnica (218-202 a. C.), cuando fueron más solicitados, el Senado intentó disminuir su importancia autorizando la introducción en el templo de Júpiter de unas falsas profecías redactadas por un ilustre adivino llamado Marcius. Este hecho resulta especialmente significativo porque, en esa época durante la cual la amenaza de Aníbal no les dejaba dormir tranquilos, los romanos consultaron incluso al Oráculo de Delfos, que les anunció una gran victoria. Pero acabada la guerra púnica, y vencida unas décadas después la Liga griega Etolia, Roma sometió a Delfos bajo su control y el oráculo entró en franca decadencia.

Tópicos sexistas

Algunos tópicos, como que la mujer es demasiado locuaz y dada a revelar secretos, o que es presa fácil de los nervios y la histeria ante situaciones conflictivas, fueron difundidos por los romanos en un intento de desacreditar la credibilidad del don profético femenino.

Pero la forma más cruel y sutil de dominación que el Senado ejerció sobre la mujer fue convertirla a ella misma en una señal nefasta de los dioses. La imagen femenina fue usada de mil maneras para comunicar a la comunidad el enojo y la necesidad de realizar rituales expiatorios para aplacar a las deidades. El nacimiento de seres monstruosos –niños con malformaciones–, las enfermedades que causaban abortos o la corrupción de las vestales, son hechos consignados en las Doce Tablas y las Tablas Pontificiales, que eran denunciados al Senado y sometidos a la interpretación de los augures oficiales.

La represión fue tal que hasta se consideraba un mal presagio que una mujer hablara en público no estando presente su marido. Esta situación, que comenzó a cambiar en los últimos años de la República, dejaría una huella profunda en la imagen de lo femenino que recoge la literatura posterior, en la cual la mujer aparece siempre como un ser de carácter voluble y fácil de sugestionar, o como un ser malvado, inestable y propenso a las fantasías.

La antigua sibila quedaría confinada en la magia relacionada con los asuntos amorosos o materiales, pero marginada de la política. El don de la adivinación natural se perdió en el camino.

Fuente: ageac.org

Descargar libro: “DIOSAS Y ADIVINAS: Mujer y adivinación en la Roma antigua” por Santiago Montero Herrero

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