Amores bestiales

Por Orlando González Esteva

El autor celebra los 200 años de una de las imágenes eróticas más influyentes del mundo.

hokusai2El sueño de la mujer del pescador , el famoso grabado de Katsushika Hokusai (1760-1849), cumple doscientos años, y uno no sabe qué admirar más, si el poder sugestivo de la obra, donde se contempla a dos pulpos sosteniendo relaciones íntimas con un ser humano, o el título que acabó adjudicándosele, un título capaz de excitar la imaginación del más apático. Hokusai no dio nombre al grabado y algunos críticos e historiadores prefieren identificarlo con frases más escuetas: Joven buza y pulpos o La buscadora de perlas y dos pulpos. Son títulos conformes a una realidad milenaria: no es raro que la mujer japonesa bucee en busca de algas, mariscos y ostras, constantes de la dieta nacional, o en busca de perlas, mientras su marido pesca mar adentro. Internet ofrece fotografías y testimonios filmados de algunas pescadoras de perlas contemporáneas y, como antaño, semidesnudas.

irisEl grabado de Hokusai, cuyo punto de partida puede haber sido la historia de Tamatori, una princesa que ayuda a su esposo a recuperar la perla que le ha robado el rey de los mares –un dragón al frente de un ejército de criaturas marinas, entre ellas, un regimiento de pulpos–, ha atraído a escritores, músicos, escultores y pintores occidentales, entre los que figuran desde Auguste Rodin y Pietro Mascagni, a cuya ópera Iris pertenece el “aria della piovra” o “aria del pulpo”, hasta Pablo Picasso y Salvador Dalí. Pero ha sido la psiquiatría la que más ha hurgado en la obra de Hokusai para ilustrar el poder de la vida inconsciente, la significación de los sueños, el carácter tentacular de los deseos reprimidos, el rol de la fantasía y la fiera pulsión animal que subyace en lo humano, donde la zoofilia es agua que aún mueve molinos.

El sueño de la mujer del pescador ocupa un lugar de privilegio en la historia del arte erótico. No ha perdido un ápice de su don para turbar –y, en ocasiones, ofender al desavisado pudibundo– ni para espabilar a quien no teme dejarse arrastrar por lo que la obra aventura. Pero de ser despojada del nombre que la tradición le impusiera y por el que ha llegado a identificársele se vería privada de buena parte de su encanto, de aquella dimensión que la rescata de un erotismo extravagante, rayano en lo grosero. Tan importante como lo que Hokusai muestra es, para quien sabe que un título puede enriquecer una obra o atentar contra ella, la palabra “sueño”.

Lo demasiado obvio, gracias a esta palabra, raya en lo arcano, situándonos ante una realidad sensible y, sin embargo, en penumbra. Mucho de lo que parecía exterior es también interior: los pulpos no existen, o existen pero sólo en la vida onírica de esta mujer que yace desnuda y quién sabe si inerme. Nadie es responsable de lo que sueña.

Muchos de los sueños que damos por propios podrían ser los sueños de nuestros antepasados, prolongación misteriosa de quienes nos antecedieron, como suelen serlo la estatura, el color de la piel y los ojos, el tipo de cabello y hasta algunos patrones de conducta para los cuales no hay explicación plausible. Si toda la vida provino del mar, nada de insólito tendría que entre los deseos más recónditos del ser humano estuviera el ayuntamiento con algunas criaturas que, a diferencia de él, no desertaron de su primer hábitat y acaso abrigan deseos muy similares a los suyos. El primer paraíso puede haber estado debajo de los océanos, y el que describe la Biblia ser sólo una parcela que quedó al descubierto cuando las aguas, quién sabe por qué motivos –acaso la aparición del hombre– decidieron retraerse a sus actuales dominios.

El sueño de la mujer del pescador, el título, invita a ensayar nuevos acercamientos a la obra. Suele olvidarse que el verbo “soñar” goza de varias acepciones, que tan pronto puede aludir a una actividad inconsciente como a una consciente. No hay que estar dormido para soñar. Soñar es también anhelar persistentemente una cosa; anhelarla despierto. Más que un sueño, el grabado de Hokusai podría representar una ensoñación, y los ojos cerrados de la mujer, el éxtasis que su relación extramatrimonial con los pulpos le proporciona; una relación ficticia, se sabe: el acoplamiento entre un mamífero terrestre y un molusco es improbable pero no por ello inocente. katsushika-hokusai1760-1849-shunga-xv

Cabe suponer que la ausencia del esposo o la pasión desmesurada de éste por su oficio, una pasión capaz de llevarlo a descuidar sus deberes maritales, exasperó la libido de la mujer, hipertrofiando sus expectativas y, no satisfecha con la evocación de su cónyuge para auto complacerse, llevándola a recurrir a las imágenes de estos dos animales cuyos dieciséis tentáculos –ocho por cada uno— serían el equivalente de cuatro hombres si diéramos la misma importancia a brazos y piernas como instrumentos de placer, o de ocho hombres si sólo atribuimos esa utilidad a las extremidades superiores. Una conjetura más audaz –y hasta acorde con los presupuestos del psicoanálisis– supondría una promiscuidad que rehúso atribuir a una dama.

autoportraitLa diferencia de tamaño entre los pulpos de Hokusai sugiere que se trata de padre e hijo, quizás de la iniciación sexual del segundo. Mientras el primero, nada tonto, se concentra la parte inferior del cuerpo femenino, el pequeño se entretiene acariciando los senos, la nuca, el torso –el pulpo es el rascabuchador por excelencia— e introduciendo la boca en forma de pico entre los labios de la presunta durmiente. Quien haga girar el grabado hacia su derecha, de modo que la mujer acostada parezca de pie, advertirá, perplejo, cómo los ojos que parecían cerrados se entreabren.

El sueño de la mujer del pescador, el título, es tan admirable que tienta, si no a buscar uno que lo supere, sí a encontrar otro capaz de forzar a atribuir a la obra significados diametralmente opuestos a los habituales. Una sugerencia: El sueño de los pulpos. Exoneraría a la mujer de toda sombra de infidelidad o lascivia –si no tenemos control sobre nuestros sueños, menos control tenemos sobre los de quienes puedan soñarnos— y haría recaer la culpa, si alguna hay, en estos animales donde la tinta, como en algunos de nosotros, lo enturbia todo.

Fuente: martinoticias.com

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